sábado, 25 de febrero de 2012

LA REPRESION



                                              

Para mi hermano. Seguro que, desde dónde esté, leerá este cuento sabiendo lo que está pasando actualmente con los estudiantes en Valencia. Gracias porque la mayoría de cosas que sé, te las debo a ti.

                                                                             


               El tenía dieciocho años, una mente llena de inquietudes, de ganas de luchar y de nuevas expectativas para los más desfavorecidos. Estudiaba ciencias económicas en la universidad de Valencia y, aunque había nacido en una familia acomodada, había ingresado en el partido comunista.
Cuando su padre se enteró, le dijo que se borrara de sus filas, que eso era peligroso, pero él no le hizo caso y continuó ayudando al partido todo lo que le permitían sus estudios.
Un día, su madre, limpiando su habitación, descubrió en uno de sus estantes un montón de octavillas informativas de las actividades clandestinas del partido. La hoz y el martillo junto a la bandera republicana hicieron que se asustara tanto, que las hojas de papel se derramaran por el suelo. Ella ya había saboreado desde los doce años la represión que significaba el gobierno del “generalísimo”. El pánico volvió a fustigarla y, con nerviosismo, colocó todo en su sitio y terminó de limpiar la habitación.
Cuando él llegó a casa, su madre le estaba esperando. Le hizo que se sentara y, en medio de sollozos, le pidió que se deshiciera de todo, que bastante había sufrido por sus hermanos durante la guerra, que fuera consciente de que si en la facultad alguien se enteraba de sus actividades, podría denunciarlo y terminaría en la cárcel.
Se llevó todo lo que tenía en su cuarto para que su madre no sufriera. Lo hizo sólo por ella. El continuó, solapadamente, trabajando para el partido. Su hermana, que entonces contaba con trece años, asistió, en silenció, a todo lo acontecido. Ella le admiraba, era su modelo a seguir y quería ser su cómplice, pero tenía que crecer más.
Pasaron algunos años, el dictador murió. En las aulas de las facultades los ánimos estaban encendidos, se protestaba por casi todo…porque casi nada había cambiado. Los grises, a caballo, patrullaban diariamente por el campus y los estudiantes continuábamos reclamando nuestros derechos y también los de los demás. Las cargas policiales  y las detenciones eran diarias. Ahora, los dos hermanos ya eran cómplices. Ella había leído todos los libros que tenía su hermano en la biblioteca. Veían las mismas películas y a la hora de comer, discutían de política con sus padres sin que ellos se enteraran de que, ahora, era ella la que corría delante de la policía.   

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