martes, 19 de junio de 2012

ENTRE EL SUEÑO Y LA REALIDAD




             


       Regresé a casa muy cansada del trabajo, me preparé una cena rápida y me senté en el sofá, de cara al televisor. No me importaba en absoluto si era o no  de mi agrado la programación de ese momento. Tan sólo quería quedarme quieta, sin mover ni un dedo. Creo que se trataba de una película en blanco y negro de los años cuarenta.

 Había un hombre dormido en una embarcación que despertaba de repente como si hubiera sufrido una horrible pesadilla. Una mujer le miraba desde el muelle. El parecía reconocerla y ambos comenzaron casi de inmediato una acalorada disputa verbal que terminó con la rápida huída de la mujer. “¡Elsa, regresa de inmediato, no volverá a suceder!” Vociferaba el hombre. Ella, sin prestarle atención continuó con la escapada. En la pequeña barca había esparcidas tres o cuatro botellas de güisqui. El hombre, desesperado, estirando sus negros y ensortijados cabellos lloraba compulsivamente. Sabía que su relación con Elsa corría un serio peligro si continuaba bebiendo. Ella ya le había amenazado varias veces con dejarle y él, aunque lo intentaba, no podía alejarse de la botella.

Convencido de que debía volver a su casa para asearse y pedirle perdón de nuevo, subió ágilmente al muelle y encauzó sus pasos hacia lo que él pretendía, ésta vez en serio, que fuera su nueva vida con Elsa.

Al llegar, la encontró dormida en el sofá. En su rostro contraído se reflejaba el disgusto que le había causado su disputa. No la quiso molestar y se apresuró a ducharse y cambiarse de ropa. Quería que su aspecto fuera impecable y que sus palabras le resultaran, en esta ocasión, creíbles y ciertas. Estaba determinado a no perderla.

Ella se despertó al oír ruido y abrió los ojos con lentitud. Su marido salía del cuarto de baño. Se miraron a los ojos y él se acercó a ella. La besó con suavidad en los labios: “Lo has vuelto a hacer…Ese aliento nauseabundo…”. “¡No, cariño, no! Esta vez va en serio, no va a volver a suceder, te lo juro. Confía en mí!”. “¿Qué confíe en ti?. Llevo tres años confiando en ti. Nuestra vida es un desastre. Mejor dicho: no tenemos vida. Ni hijos ni amigos ni familia. Estamos solos porque nadie quiere contemplar tu decrépita adicción. Tampoco les gusta nuestra relación enfermiza y decadente. Ya no somos unos niños y tú estás tirando por tierra todo lo que habías conseguido: el trabajo, nuestro amor y nuestro proyecto familiar. No aguanto más. Estoy cansada de ti y de trabajar para ti y tu maldita botella de alcohol. Esta vez ya no te voy a conceder una segunda oportunidad”.

Abrió la puerta de la calle y la cerró de un portazo. El supo que esta vez era de verdad. Cuando entró en el dormitorio se dio cuenta de que ella había vaciado el armario. No quedaba nada. Entre fuertes sollozos se sentó en el sofá, abatido. La televisión aún estaba encendida. En la pantalla había un hombre con una pistola en la mano. En la otra sostenía una nota en la que se podía leer “Elsa, te quiero”. Apuntó el cañón de la pistola en su sien, cerró los ojos y se oyó el sonido de un disparo a la vez que la pantalla se teñía de negro y aparecía escrito en inglés: “The End”.


LA SILLA






              Desde que la vi en el escaparate, la deseé con locura. Era la pieza que faltaba en mi dormitorio para completar la decoración. Además, era de gran utilidad: podía dejar la ropa preparada para el día siguiente, ponerme cómodamente los zapatos o sentarme sin más. Era de color marfil, a juego con las cortinas. El respaldo  redondeado y contaba, además, con dos gráciles brazos.

Recurrí a una amiga para traerla a casa. No resultaba pesada, pero sí era incómoda a la hora del transporte. Al final, la acomodamos en la parte trasera del coche e iniciamos el camino hacia su nuevo hogar.

El resto de mobiliario la recibió con agrado. No molestaba en absoluto. Quieta y callada en su rincón esperaba tranquila para cumplir su cometido.

Un día decidí estrenarla dejando en el asiento la ropa que acababa de usar: una camisa y un pantalón. Ella no rechistó, al contrario, parecía satisfecha de sentirse útil.

Al día siguiente, abandoné en uno de los brazos el pañuelo de seda que no me combinaba con mi atuendo. Resultó perfecto. Pensé entonces en retirar la camisa y el pantalón, pero lo olvidé. Como esa noche tenía que salir a cenar, abrí el armario en busca de algo especial para el evento y comencé a probarme  una blusa. Me gustó y la coloqué en el respaldo. Después me enfundé una falda negra de tubo. Dudé, parecía demasiado seria y la dejé apoyada en el otro brazo. La silla resistía inmutable. Para ponerme las medias, me senté apartando el pantalón del asiento. Apenas había espacio pero lo conseguí. Saqué entonces la falda de encaje. Esta sí. Tomé la blusa del respaldo y me la abroché, botón por botón, pero…faltaba uno. La dejé de nuevo en el respaldo. Busqué entre las perchas algo para combinar con la falda que llevaba y encontré un top adecuado. Faltaba entonces una chaqueta para no morir de frío pero el top era demasiado claro para el color de la chaqueta, me lo quité y lo dejé sobre el pañuelo de seda. El color marfil de la silla comenzaba a desaparecer bajo la ropa poco a poco. El tiempo se me echaba encima y yo continuaba sin decidirme. Vi un vestido que hacía tiempo que no usaba. Bajé la cremallera de la falda y la dejé reposar en el otro brazo, justo encima de la falda negra. El brazo desapareció por completo bajo las dos faldas. Me miré en el espejo. El vestido no me quedaba mal, tal vez un poco estrecho, pero los minutos pasaban raudos y tenía que decidir. Busqué las medias en uno de los cajones. Negras, claro. Casi no me podía sentar en lo que iba quedando de mi silla y como pude, primero un pie, luego el otro, estiré para subirlas y…estaban rotas. Con velocidad me las quité y las até a una de las patas de la silla. Cogí otras recién sacadas del envoltorio. Estas sí. Ahora faltaban los zapatos negros de tacón de aguja. Los desperté del letargo dentro de su caja, me senté como pude y los calcé. “Demasiado altos”, protestó mi juanete. Volvieron a su lugar de origen que se encontraba bajo el asiento donde yo descansaba. Me levanté y alcancé otra caja de zapatos. Estos resultaron perfectos.

 Cuando me levanté para terminar con mi vestimenta contemplé lo que quedaba de mi deseada silla: un desordenado montón de ropa y de zapatos que ocultaban su primitiva presencia. Había desaparecido sepultada bajo mi perturbada vida. La silla ya no existía y su lugar ahora estaba ocupado por una montaña de sentimientos en desorden que se solapaban los unos a los otros sin determinación.

Cumplí con mi cita esa noche pero, al día siguiente, me dirigí presta a recuperar mi vida y mi silla. Las dos debían recuperar el aspecto que tenían antes de que Alfonso se marchara de casa.


EL TE DE LAS CINCO


 
Eva se despertó sobresaltada por el sonido del teléfono. Al otro lado del auricular estaba Clara, su mejor amiga. Le pedía que comieran juntas ese día en el pequeño restaurante que ya frecuentaban desde hacía tiempo. Allí compartían buena mesa, una botella de vino y confidencias que se prolongaban hasta la hora del té. Eva, aunque sorprendida por la prisa de su amiga, le confirmó su asistencia.

Eva salió de la oficina con la vista cansada y el cuello dolorido a causa del ordenador. Clara, sentada en la mesa, la esperaba con la copa de vino en la mano. Se besaron en la mejilla, hacía un mes que no se veían y su amiga parecía nerviosa. Iniciaron  la conversación de un modo trivial, como siempre; habitualmente pedían el mismo menú y el camarero les comenzó a servir el primer plato. Eva escuchaba la conversación de su amiga que, de vez en cuando, tartamudeaba. Parecía perturbada por algo que no se atrevía a verbalizar. El segundo plato, quedó en la mesa sin acabar. El vino, en cambió, fue lo primero en terminarse. Clara pareció, entonces, sentirse más relajada. La conversación pasó a tomar carices más íntimos. Eva escuchó cómo su amiga le contaba que estaba empezando a salir con un hombre; no era nada serio, tan solo se estaban conociendo. Se alegró por ello, hacía tiempo que Clara necesitaba ese aliciente en su vida. Ella, por el contario, le habló de la relación con Pablo, su marido. Estaban pasando por un mal momento, aunque confiaba en que todo acabara bien. El trabajaba demasiado y siempre estaba de viaje, ése era el problema.

Continuaron charlando de esto y aquello hasta que se hicieron las cinco. Pidieron una tetera para continuar con la conversación. Clara se levantó para ir al baño. Eva se quedó sola pensando en la última confidencia de su amiga. A la vuelta le preguntaría el nombre de su conocido. Un móvil sonó de repente. Era el de Clara, estaba sobre la mesa y no pudo evitar mirar la pantalla: “Pablo llamando” y la foto de su marido que le sonreía cariñosamente.

Cuando Clara regresó a la mesa, apenas pudo ver a su amiga saliendo apresurada sobre sus zapatos de tacón. Sobre el parqué, quedó la taza  de té, desperdigada junta al plato y la cucharilla.