viernes, 28 de septiembre de 2012

FRENTE AL ESCENARIO



De niño, no siempre querías jugar con tus amigos. Te quedabas a mi lado callado, observando los juegos, escuchando las risas y las voces que flotaban en el parque. Parecías tan tímido, apenas gesticulabas y me dejabas a mí la difícil tarea de adivinar si estabas triste o contento, enfermo o sano.
Poco después, apareció en tu vida Carlitos. Sin verlo, también llegó a formar parte del núcleo familiar. Te escuchaba hablar con él, jugar y reírte como no lo hacías con los demás. Tu padre siempre decía que era normal que los niños tuvieran un amigo imaginario, pero Carlitos era tan real…
En el colegio acudía todos los años a las visitas protocolarias con los tutores. Siempre me decían que podías rendir más pero que tu timidez y tu carácter reservado ejercían en tu contra. Por suerte estaba Encarna, tu profesora de música. Ella se deshacía en alabanzas: “Es tan aplicado y, a la vez tan imaginativo…Es el mejor alumno de mi clase”. Ella era tu bálsamo entre aquella vorágine de niños entre los cuales no te sentías aceptado; tú tampoco les entendías.
Franqueaste tu adolescencia  encerrado en tu habitación, escuchando música y hablando con Carlitos… quien pasó a llamarse Carlos. Únicamente salías para comprar alguna partitura de música. Dejaste de asistir al colegio y tu piel empezó a mostrar un aspecto blanco y transparente.  No me permitías acariciarte, tampoco besarte y la relación con tu padre se hizo cada vez más distante; primero se alejó de ti, después de mí.  Se alejó tanto, que terminó por dejarnos para marcharse a vivir con su nueva secretaria. Yo ya me había acostumbrado a sus ausencias. Para ti fue como un hachazo.
Dejaste de hablarme, tu conversación pasó a ser un diálogo privado entre Carlos y tu saxo. La mayoría de las veces sólo escuchaba la triste melodía de tu instrumento y… nada más. Los días parecían eternos y mi preocupación crecía de forma imparable. Ya no eras un niño, los años pasaban y tú parecías encerrado en un mundo inaccesible.
Un día abrí la puerta de tu cuarto. Estabas acostado en la cama, habías dormido vestido y tenías los ojos abiertos y la mirada fija en el techo. Te hablé sin conseguir que tus pupilas cambiaran de dirección. Te zarandeé para conseguir una palabra tuya, pero todo mi esfuerzo fue en vano. Estabas rígido, tu delgado cuerpo era como una estatua yacente. Me asusté pero no perdí la calma, me tendí a tu lado y te abracé, acaricié tu rostro y te dije que eras todo en mi vida y que jamás te faltaría mi apoyo.
Al final conseguí relajarte. Nos quedamos dormidos durante largo tiempo. Cuando despertamos, todavía abrazados, pude ver tu mirada anhelante buscando mis ojos. Te besé y te dije que te iba a ayudar, que iba a hacer todo lo necesario para que fueras feliz y que nada ni nadie me lo iba a impedir.
Nuestro médico de cabecera nos dijo que debía verte un psiquiatra; únicamente un especialista, con el tratamiento debido,  podría ayudarte a salir del pozo sin fondo en el que habías caído.
La cita no se hizo esperar, a los  dos días,  nos estaba recibiendo el doctor Sánchez en su consulta. Yo debía esperar fuera. La entrevista se prolongó durante dos horas. Mis pensamientos, a lo largo de ese tiempo, retrocedieron hasta el día en que naciste. Me preguntaba en qué te había fallado. Me derrumbé y las lágrimas empezaron a derramarse por mi rostro. Oía vuestras voces, las tuyas respondían con monosílabos cuyo sentido no podía captar. Las del médico eran suaves y tranquilizadoras; comencé a serenarme.
La puerta se abrió y el médico me invitó a sentarme a tu lado. Su semblante era serio pero transmitía seguridad. Escuchar de sus labios el diagnóstico fue como recibir un azote: esquizofrenia. Mis párpados se cerraron de golpe al escuchar el mensaje, mi mente se nubló. Tú ni te inmutaste. El doctor me ofreció un vaso de agua fresca mientras me hablaba de tu enfermedad: “Debe tranquilizarse,  existen hoy en día tratamientos que le ayudarán a que pueda llevar una vida prácticamente normal. Es absolutamente fundamental el apoyo familiar, el tratamiento psicológico y fomentar su amor por la música y, en concreto, impulsar sus estudios con el saxo. Me atrevería a decir que el desarrollo de tal actividad ayudaría en gran manera a su recuperación”. Tras guardar en mi bolso la receta, salimos de la consulta. Te miré a los ojos con cariño, tú me evitaste.
El tratamiento fue duro al principio, tú te mostrabas bastante  reacio a seguirlo, pero mi amor y mi empeño, acompañados por la ayuda psicológica que yo también recibí,  comenzaron, poco a poco, a dar sus frutos.
A pesar de permanecer todo el tiempo pegada a tu lado, un día decidí presentarme en tu colegio aprovechando tu estancia en el centro de día. Pregunté por tu profesora de música. A pesar del tiempo transcurrido, se acordaba perfectamente de ti cuando me recibió. Me sinceré con ella y no tardó nada en darme su respuesta: haría cuanto fuera posible para ayudarte. Nos emocionamos y nos dimos un abrazo. Se convirtió en tu mejor amiga y en uno de los pilares más firmes para conseguir tu recuperación. Encarna consiguió que formaras parte de un cuarteto de  jazz que  necesitaba un  saxo. Al principio te costó, la puntualidad nunca fue una de tus mejores costumbres, pero el tiempo y tu forma de interpretar, hicieron que fueras aceptado. Después de largas temporadas ensayando en el garaje de uno de los componentes, terminasteis actuando los sábados por la noche en un pequeño local del Barrio del Carmen. Un día llegaste a casa con sesenta euros, me los pusiste en la mano y me abrazaste. No necesitabas decirme nada, era el primer abrazo después de muchos años de lucha y de agridulces momentos compartidos.
Han pasado cinco años desde que abandonamos la consulta del doctor Sánchez. Me encuentro en el teatro Principal sentada entre Encarna y una joven de cabello negro y brillante que se llama Gema. Os conocisteis en el grupo de terapia al que acudíais los dos. Está expectante, le brillan los ojos mientras espera tu aparición en el escenario. Para ti, es la primera vez que tocas ante un público tan numeroso. Ella ha cantado varias veces en el mismo teatro con el orfeón del que forma parte. La espera me resulta interminable, me abanico con el programa que nos han dado en la entrada cuando se abren las cortinas y te veo. Eres el más alto de los cuatro, pareces nervioso y nos buscas entre el público. Te dije que nos localizarías en la fila cuatro, al lado del pasillo central . Te veo titubear y levanto mi mano con el abanico recién improvisado. Nos has visto, con una mano sujetas el saxo y, mientras, levantas la otra levemente para que nosotras seamos las únicas en darnos cuenta del tímido gesto. Empiezan a sonar los primeros acordes de “Stormy Wether”, Encarna aprieta mi mano y yo cierro los ojos deseando que se detenga el tiempo en este mismo instante.

   


                                                               

Nota del autor: Los niños pueden tener amigos imaginarios sin que esto suponga motivo de ningún desarreglo mental posterior.

                                                          

5 comentarios:

  1. Entrañable, Amparo, has conseguido emocionarme. Felicidades.

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  2. Amparo supongo que es una historia real, ¿tú hijo?, pero sobre todo es un canto a la esperanza y un homenaje al amor y a la perseverancia.

    Yo también me he emocionado.

    Sólo me queda felicitarte y enviarte un furte abrazo.

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  3. No, no está basado sobre mi hijo. Está basado en una historia real de un trompetista de jazz, activo todavía y con bastante éxito y en las conversaciones habidas con una psicóloga amiga.

    Gracias.

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    1. Pues fíjate que le dabas un sentimiento tan intenso que llegue a pensar que tenía que ser alguien muy, muy cercano.

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  4. Precioso, Amparo, como si lo hubieras vivido en primera persona!!

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