lunes, 20 de abril de 2015

El aroma del monte








Adelina puso las manos sobre el vientre hinchado de Dolores y, pensativa, suspiró mirando al cielo. Detuvo la vista en los altos y escarpados montes cuando el ladrido alegre de Curro hizo que regresara a la realidad.
Corrían malos tiempos para cuidar la masía. Ella y Mateo, su marido, tenían que pasar muchas horas en el campo para sacar algo que llevarse a la boca. Se levantaban y se acostaban con el sol todos los días, sin hacer distinción entre domingos o fiestas de guardar, Navidad o Semana Santa. Además, según ellos, Dios les había abandonado, por eso ya no rezaban ni le suplicaban para que lloviera o para que el ganado no enfermara.
La guerra se había llevado a sus dos hijos. Primero fue Bernabé, el mayor. Era muy pulcro y aplicado y quería marcharse a Madrid para estudiar abogacía pero murió durante el bombardeo de Alcañiz. La gente de la aldea decía que fue uno de los más sangrientos, que Mussolini había enviado a la Aviación Legionaria y que recibieron órdenes de Franco para arrasar la ciudad. No tuvieron miramiento con nadie. La gente aparecía carbonizada por todos los rincones y había niños ametrallados, sorprendidos mientras jugaban en la plaza. También mataron a las mujeres que estaban lavando a las orillas del río Guadalope y cuentan que el agua corría teñida de rojo.
Le siguió Juan, Juanico, que era clavado a su padre de fuerte y de guapo. Nunca le gustaron los estudios, prefería salir con su padre o con los amigos al campo y siempre volvía con varias perdices y conejos, con él la despensa nunca estaba vacía. Cuando terminó la guerra, tuvo que echarse al monte antes que dejarse atrapar por la guardia civil y acabar muerto a palos en el cuartelillo. En la aldea dijeron que lo habían encontrado en una cuneta con la cara desfigurada, después de una encarnizada refriega. Sus padres lo aceptaron así y, desde ese día, vistieron de negro y fueron a postrarse y a llorar frente a una cruz y una piedra con su nombre que no estaba en el Cementerio Municipal, porque era bandolero y anarquista.
Poco después llegó Dolores. Dijo que la habían echado de su casa porque estaba preñada del Juanico. Ellos le pidieron  que se quedara para cuidarlos a ella y al crío cuando naciera, porque decían que iba a ser un niño igual que su padre de fuerte y de guapo.

Dolores se sintió cómoda y querida desde el primer día, sin embargo, a veces veía cosas que le parecían raras. Por ejemplo, que la ventana más alta, la del desván, permaneciera abierta de par en par aunque el frío fuera intenso. También se extrañaba de ver algunos días una camisa granate que no había sido usada por nadie, tendida en los hilos, quemándose al sol y zarandeada por el viento. Un día que llovía a cántaros, su suegro no se presentó a la hora de cenar. Tampoco llegó a dormir y su suegra le dijo que se habría quedado en el monte, con el ganado, al abrigo de alguna de las cuevas. Adelina permaneció en vela toda la noche susurrando pestes cada vez que caía un rayo o se escuchaba el bramido de los truenos. Mateo volvió a la mañana siguiente empapado y sucio. Despedía un olor muy fuerte y desagradable, como si hubiera estado durmiendo con las alimañas del bosque, era un olor salvaje que hizo que Dolores diera un respingo. Adelina le dijo que tenía el olfato más sensible por culpa del embarazo y salió apresurada a calentar agua para que Mateo se quitara aquellas mugrientas ropas y frotara su piel hasta hacer desaparecer el apestoso aroma.

La vida en la aldea transcurría entre el doloroso silencio de sus habitantes y la fatiga que suponía labrar los campos secos y yermos que había dejado la guerra tras su funesto paso.
A veces se escuchaban disparos en la lejanía que hacían que Adelina volviera la vista hacia las montañas. Mateo siempre decía que eran cazadores, pero a Dolores el sonido le parecía diferente, aunque no iba a decir nada, no fuera que por culpa de su embarazo, también tuviera el sentido del oído más agudo que los demás.
Una mañana llegó un hombre subido en un carro desvencijado, tirado por un viejo caballo descarnado y sucio. Decía que traía productos de estraperlo para intercambiar por patatas o huevos. Mateo lo recibió con alegría pues era conocido suyo y hacía tiempo que no sabía nada de él. Se llamaba Antonio y todos juntos compartieron unas migas sabrosísimas con chorizo que, según él, había traído de una masía de la que toda la familia había tenido que huir, dejando la matanza recién hecha y colgada para que se secara. Habían sido denunciados por un familiar a cambio de cinco mil pesetas. También llevaba café que extrajo de aquel carro que, a pesar de su aspecto, parecía un selecto ultramarinos   de los de antes de la guerra, de tan bien surtido que estaba. Todos querían probarlo y se sentaron a la lumbre con su taza a escuchar las historias de Antonio sobre tanta gente, que de un bando y otro, había conocido por los caminos.
Contó que en el frente, durante la guerra, se organizaban partidos de fútbol entre las dos facciones. Cuando terminaban, se sentaban juntos a fumar un cigarro: el papel lo ponían los republicanos y el tabaco los nacionales. Luego todos regresaban a sus puestos y, si había orden de disparar, lo hacían dejando a un lado los buenos ratos. Así era la guerra.
También refirió que, una vez terminada la contienda, los ganadores no mostraron piedad alguna con los vencidos y andaban detrás de cualquiera que estuviese bajo sospecha de ser republicano, comunista, anarquista o simpatizante de ellos.
Antonio les dejó cecina y jamón, azúcar y vino tinto. A cambio terminó de llenar su carro con aceite del Maestrazgo, verde y fuerte, varias hogazas de pan recién hechas, patatas y huevos frescos. Mateo le pidió también tabaco. A Dolores le extrañó, ya que él no fumaba, pero no quiso hacer preguntas no fuera que pensaran que se entrometía demasiado en la vida de los demás.
Esa noche hacía mucho frío. Las dos mantas no impedían que Dolores  parara de tiritar en la cama; no podía conciliar el sueño. En silencio se levantó y subió las escaleras hasta el desván, vio la ventana abierta y la cerró cuidadosamente. Volvió a su habitación y abrazando su vientre, se arrebujó intentando dormir. Oyó el ulular de una rapaz nocturna, una y otra vez, una y otra vez, hasta que los ojos se le fueron cerrando y entró en un sueño profundo durante el cual creyó sentir cómo alguien la observaba dormir y le acariciaba el pelo. Inspiró y el aire que entró en sus pulmones, tenía el mismo olor  que el que despedía su suegro aquel día cuando bajó del monte. Pero se dejó mecer por las caricias y por el suave murmullo de una voz que le susurraba al oído: “Preñá y tó, pero qué guapa eres”.
A la mañana siguiente se despertó con la cabeza embotada. La ropa de la cama estaba revuelta y despedía un tufo singular, agreste y penetrante. Pero prefirió no decir nada, puso agua a calentar y se preparó un baño. Después lavó las sábanas y las tendió bajo la silenciosa mirada de Adelina.
Cuando llegó la hora de comer, Mateo sacó el jamón que acababa de empezar. Cortó varias tajadas y le dio a Dolores la más grande. Le dijo que dentro de nada iba a parir y que necesitaba comer más y mejor para poder alimentar al chiquillo. Ella no le hizo ascos y se la comió entre el pan empapado de aceite. Mateo la miraba complacido, mientras los chorretones le caían por las comisuras hasta la blusa y se veía ya con un crío regordete en sus brazos que era clavado al Juanico.

Una tarde mientras sus suegros trabajaban en el campo, Dolores recogió unas cuantas flores silvestres, formó un ramo y se marchó al cementerio. Echaba de menos a Juan. Ella hacía tiempo que también había perdido la fe, por esa razón no rogó a Dios por su alma. Cerró los párpados, aspiró el aroma del ramillete y se imaginó que ya había nacido su niño y que estaban paseando los tres, que eran felices. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y una molestia en su barriga le hizo reaccionar. Ya había cumplido, el chiquillo se estaba encajando y  quedaba muy poco para que pidiera salir.
Se estaba haciendo de noche, tenía que volver a la casa. Mientras recorría el camino, vio escondida entre unos matorrales la silueta oscura de un hombre que salió apresuradamente a su encuentro. La tomó por los hombros y la sacudió increpándole:
 -¡Dime dónde está Juan o te abro la barriga aquí mismo! Dolores reconoció la voz del Sebas. Siempre la había pretendido, pero ella le rechazó desde el primer día. Durante la guerra se pasó al bando de los nacionales y se decía que había denunciado a muchos paisanos. Juan le tenía muchas ganas. Dolores le escupió en la cara y comenzó un forcejeo entre gritos y manotazos.
 -¡Él ya no va a volver, porque si lo hace, le voy a pegar
   un tiro!  
Dolores intentaba apartar las manos que recorrían su cuerpo.    
 -¡Está muerto, claro que no va a volver!, ¿o es que no te has enterado?
 -¡Eso es lo que tú te crees! Está vivo y escondido porque es un cobarde.   
 -¡Calla y no me toques más, me das asco! Lárgate por donde has venido.
Antonio la agarró por el cuello.
 -¡Si no me dices dónde se esconde, te llevo al cuartel!
Allí no se van a andar con chiquitas. No sabes cómo se las gastan los guardias con las mujeres de los rojos…
Se oyó un disparo y su autor no estaba lejos. Sebas se tocó la oreja. El proyectil había pasado rozándole.
 -¡Juan, sal. Los voy a matar a los dos. Ven aquí, gallina!
 -¡Claro que salgo, traidor, pero no soy Juan! ¡A Juan me lo matasteis, cabrones! Suéltala, lárgate y no vuelvas más por aquí.
Se escuchó otro disparo, esta vez pasó muy cerca de su pie y Sebas se largó sin dejar de maldecir en voz alta y de jurar que iba a buscar a Juan para acabar con él.
Mateo salió de su escondite, le ofreció el brazo a Dolores para que se apoyara y, en silencio, regresaron despacio.
De madrugada Dolores se puso de parto.

Le pusieron Juanito porque nadie podía negar de quién era hijo. Adelina la atendió en el parto gracias a su larga experiencia con las mujeres de la aldea y el niño llegó al mundo con un sonoro y fuerte llanto. A Mateo se le saltaron las lágrimas. Lo cogió en brazos y le plantó un beso en la frente. Después subió  al desván y bajó la cuna de madera en la que él mismo había mecido a sus dos hijos tantas y tantas noches. La desempolvó y la dejó como nueva. 
Mientras Dolores le daba el pecho a Juanito, su suegra tendía las sábanas al sol. Esta vez, colgada en las cuerdas, vio una prenda de color azul, pero tampoco quiso preguntar de quién era porque  Adelina estaba muy ocupada preparando unos buenos gazpachos para celebrar el acontecimiento.
Aún echando los tres de menos al padre de la criatura, pasaron un día feliz. Hacía mucho tiempo que no se sentían así.
Esa noche, Dolores ya no iba a estar sola en su habitación. Acunó a su hijo y recordó las nanas que cantaba su abuela. También se entristeció al pensar que el crío crecería sin su padre y que ella ya no tendría más hijos porque no se imaginaba con otro hombre que no fuera Juan. Canturreando y mirando cómo dormía su niño, se le fueron cerrando los ojos.
Un gimoteo le hizo despertarse sobresaltada. Pensó que, durante un largo tiempo, ya no iba a dormir de un tirón como lo hacía antes. Se desabrochó el camisón para dar de mamar al recién nacido y olió su aroma, un aroma nuevo  que quedó grabado en su mente y en su corazón. Tan fuerte aspiró, que arrastró también el resto de efluvios que flotaban en la habitación y, de pronto, entre todos distinguió el mismo olor salvaje que le resultaba tan familiar. Extrañada recorrió el cuarto con la mirada sin apreciar nada raro. Fuera se escuchaban voces:
 -¡Juan! ¡Sal del escondite! Sé que estás por aquí. Has bajado del monte para conocer al niño. A mí no me puedes engañar.
Juanito seguía mamando ajeno a todo lo que pasaba y Dolores, nerviosa, no sabía qué hacer.
 -¡Sebas! Déjanos en paz. ¿No habéis tenido bastante tú y                    
   y los tuyos con matar a mi hijo?
Esa era la voz de su suegro que había salido para intentar   que el Sebas dejara de incordiarles. Dolores dejó a la criatura en la cuna y descendió rauda por las escaleras. En la entrada de la casa, a oscuras, se encontró a su suegra agazapada bajo de la ventana. Blandía una escopeta con la que cubría a su marido que se encontraba desarmado. Al ver a Dolores, le hizo señales con la mano para que se agachara y no hiciera ruido. El Sebas continuaba su cansina monserga mirando hacia los montes como si, realmente, de estos fuera a surgir la respuesta a sus increpaciones.
 -¡Esta vez vas a venir aquí porque, si no lo haces, voy a ir a por tu hijo! A la Dolores no le voy a hacer daño porque la quiero para mí.
Dolores vio cómo su suegra apoyaba la escopeta en el marco de la ventana y apuntaba al Sebas como si ese fuera un acto normal de su vida diaria. Se llevó la mano a los labios para ahogar un grito y escuchó un disparo. Después, el silencio.
Por la ventana vio el cuerpo del Sebas tendido en el suelo sobre un charco de sangre.
Mateo acudió y le tomó el pulso. Levantó la mirada y vio a su mujer, inmóvil, con la escopeta en la mano.
 -Está muerto.
Dolores, confusa, se aproximó. Vio el boquete ocasionado por el disparo justo en el centro de la frente del Sebas. Los tres se abrazaron llorando. Mateo le dijo a Dolores que volviera con su hijo, que ellos se iban a ocupar del cuerpo para que, quienes lo encontraran, pensaran que había caído luchando contra alguna partida de guerrilleros. Seguro que,  a pesar de ser un renegado, acabaría enterrado con honores.
Dolores anduvo hacia la casa. Sujetaba el arma  que su suegra acababa de dejar en el suelo. El tacto era frío. Entró cabizbaja y recordó que el Sebas se encontraba de espaldas a la casa cuando se escuchó el disparo.


Dolores se despertó más tarde de lo habitual. Estaba hambrienta. Su suegra le había preparado un abundante desayuno con pan tostado en las brasas, aceite de oliva y queso de oveja. Cuando terminó, cogió la escopeta que ella misma había dejado apoyada en un rincón y se la dio a su suegro:
 -Tómela y guárdela con cuidado. Está cargada.
Mateo le respondió cuestionándola con la mirada
 -Mi padre. Aquí todos los hombres son cazadores.
Su suegro permaneció en silencio mientras retiraba los cartuchos del arma y la guardaba en la desgastada funda.
-Hija, ¿qué te parece si a la tarde vamos los tres al cementerio?
Dolores le dirigió una mirada cómplice y asintió con un movimiento de cabeza a la vez que subía la escalera para atender la llamada de Juanito que, con sollozos, reclamaba su alimento.  


Y fueron al cementerio. Esa y muchas tardes más. Y Dolores ya podía ayudar a su suegra en las labores de la casa. También sabía por qué unos días debían colgar una prenda de color granate, otros verde y otros azul.
Conforme iba creciendo Juanito, más se parecía a su padre de fuerte y de guapo. Acompañaba a su madre y a sus abuelos cuando subían montaña arriba y veía cambiar los colores de las flores y las plantas. Sabía distinguirlas solo por su aroma, fuerte y salvaje.