lunes, 20 de abril de 2015

El aroma del monte








Adelina puso las manos sobre el vientre hinchado de Dolores y, pensativa, suspiró mirando al cielo. Detuvo la vista en los altos y escarpados montes cuando el ladrido alegre de Curro hizo que regresara a la realidad.
Corrían malos tiempos para cuidar la masía. Ella y Mateo, su marido, tenían que pasar muchas horas en el campo para sacar algo que llevarse a la boca. Se levantaban y se acostaban con el sol todos los días, sin hacer distinción entre domingos o fiestas de guardar, Navidad o Semana Santa. Además, según ellos, Dios les había abandonado, por eso ya no rezaban ni le suplicaban para que lloviera o para que el ganado no enfermara.
La guerra se había llevado a sus dos hijos. Primero fue Bernabé, el mayor. Era muy pulcro y aplicado y quería marcharse a Madrid para estudiar abogacía pero murió durante el bombardeo de Alcañiz. La gente de la aldea decía que fue uno de los más sangrientos, que Mussolini había enviado a la Aviación Legionaria y que recibieron órdenes de Franco para arrasar la ciudad. No tuvieron miramiento con nadie. La gente aparecía carbonizada por todos los rincones y había niños ametrallados, sorprendidos mientras jugaban en la plaza. También mataron a las mujeres que estaban lavando a las orillas del río Guadalope y cuentan que el agua corría teñida de rojo.
Le siguió Juan, Juanico, que era clavado a su padre de fuerte y de guapo. Nunca le gustaron los estudios, prefería salir con su padre o con los amigos al campo y siempre volvía con varias perdices y conejos, con él la despensa nunca estaba vacía. Cuando terminó la guerra, tuvo que echarse al monte antes que dejarse atrapar por la guardia civil y acabar muerto a palos en el cuartelillo. En la aldea dijeron que lo habían encontrado en una cuneta con la cara desfigurada, después de una encarnizada refriega. Sus padres lo aceptaron así y, desde ese día, vistieron de negro y fueron a postrarse y a llorar frente a una cruz y una piedra con su nombre que no estaba en el Cementerio Municipal, porque era bandolero y anarquista.
Poco después llegó Dolores. Dijo que la habían echado de su casa porque estaba preñada del Juanico. Ellos le pidieron  que se quedara para cuidarlos a ella y al crío cuando naciera, porque decían que iba a ser un niño igual que su padre de fuerte y de guapo.

Dolores se sintió cómoda y querida desde el primer día, sin embargo, a veces veía cosas que le parecían raras. Por ejemplo, que la ventana más alta, la del desván, permaneciera abierta de par en par aunque el frío fuera intenso. También se extrañaba de ver algunos días una camisa granate que no había sido usada por nadie, tendida en los hilos, quemándose al sol y zarandeada por el viento. Un día que llovía a cántaros, su suegro no se presentó a la hora de cenar. Tampoco llegó a dormir y su suegra le dijo que se habría quedado en el monte, con el ganado, al abrigo de alguna de las cuevas. Adelina permaneció en vela toda la noche susurrando pestes cada vez que caía un rayo o se escuchaba el bramido de los truenos. Mateo volvió a la mañana siguiente empapado y sucio. Despedía un olor muy fuerte y desagradable, como si hubiera estado durmiendo con las alimañas del bosque, era un olor salvaje que hizo que Dolores diera un respingo. Adelina le dijo que tenía el olfato más sensible por culpa del embarazo y salió apresurada a calentar agua para que Mateo se quitara aquellas mugrientas ropas y frotara su piel hasta hacer desaparecer el apestoso aroma.

La vida en la aldea transcurría entre el doloroso silencio de sus habitantes y la fatiga que suponía labrar los campos secos y yermos que había dejado la guerra tras su funesto paso.
A veces se escuchaban disparos en la lejanía que hacían que Adelina volviera la vista hacia las montañas. Mateo siempre decía que eran cazadores, pero a Dolores el sonido le parecía diferente, aunque no iba a decir nada, no fuera que por culpa de su embarazo, también tuviera el sentido del oído más agudo que los demás.
Una mañana llegó un hombre subido en un carro desvencijado, tirado por un viejo caballo descarnado y sucio. Decía que traía productos de estraperlo para intercambiar por patatas o huevos. Mateo lo recibió con alegría pues era conocido suyo y hacía tiempo que no sabía nada de él. Se llamaba Antonio y todos juntos compartieron unas migas sabrosísimas con chorizo que, según él, había traído de una masía de la que toda la familia había tenido que huir, dejando la matanza recién hecha y colgada para que se secara. Habían sido denunciados por un familiar a cambio de cinco mil pesetas. También llevaba café que extrajo de aquel carro que, a pesar de su aspecto, parecía un selecto ultramarinos   de los de antes de la guerra, de tan bien surtido que estaba. Todos querían probarlo y se sentaron a la lumbre con su taza a escuchar las historias de Antonio sobre tanta gente, que de un bando y otro, había conocido por los caminos.
Contó que en el frente, durante la guerra, se organizaban partidos de fútbol entre las dos facciones. Cuando terminaban, se sentaban juntos a fumar un cigarro: el papel lo ponían los republicanos y el tabaco los nacionales. Luego todos regresaban a sus puestos y, si había orden de disparar, lo hacían dejando a un lado los buenos ratos. Así era la guerra.
También refirió que, una vez terminada la contienda, los ganadores no mostraron piedad alguna con los vencidos y andaban detrás de cualquiera que estuviese bajo sospecha de ser republicano, comunista, anarquista o simpatizante de ellos.
Antonio les dejó cecina y jamón, azúcar y vino tinto. A cambio terminó de llenar su carro con aceite del Maestrazgo, verde y fuerte, varias hogazas de pan recién hechas, patatas y huevos frescos. Mateo le pidió también tabaco. A Dolores le extrañó, ya que él no fumaba, pero no quiso hacer preguntas no fuera que pensaran que se entrometía demasiado en la vida de los demás.
Esa noche hacía mucho frío. Las dos mantas no impedían que Dolores  parara de tiritar en la cama; no podía conciliar el sueño. En silencio se levantó y subió las escaleras hasta el desván, vio la ventana abierta y la cerró cuidadosamente. Volvió a su habitación y abrazando su vientre, se arrebujó intentando dormir. Oyó el ulular de una rapaz nocturna, una y otra vez, una y otra vez, hasta que los ojos se le fueron cerrando y entró en un sueño profundo durante el cual creyó sentir cómo alguien la observaba dormir y le acariciaba el pelo. Inspiró y el aire que entró en sus pulmones, tenía el mismo olor  que el que despedía su suegro aquel día cuando bajó del monte. Pero se dejó mecer por las caricias y por el suave murmullo de una voz que le susurraba al oído: “Preñá y tó, pero qué guapa eres”.
A la mañana siguiente se despertó con la cabeza embotada. La ropa de la cama estaba revuelta y despedía un tufo singular, agreste y penetrante. Pero prefirió no decir nada, puso agua a calentar y se preparó un baño. Después lavó las sábanas y las tendió bajo la silenciosa mirada de Adelina.
Cuando llegó la hora de comer, Mateo sacó el jamón que acababa de empezar. Cortó varias tajadas y le dio a Dolores la más grande. Le dijo que dentro de nada iba a parir y que necesitaba comer más y mejor para poder alimentar al chiquillo. Ella no le hizo ascos y se la comió entre el pan empapado de aceite. Mateo la miraba complacido, mientras los chorretones le caían por las comisuras hasta la blusa y se veía ya con un crío regordete en sus brazos que era clavado al Juanico.

Una tarde mientras sus suegros trabajaban en el campo, Dolores recogió unas cuantas flores silvestres, formó un ramo y se marchó al cementerio. Echaba de menos a Juan. Ella hacía tiempo que también había perdido la fe, por esa razón no rogó a Dios por su alma. Cerró los párpados, aspiró el aroma del ramillete y se imaginó que ya había nacido su niño y que estaban paseando los tres, que eran felices. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y una molestia en su barriga le hizo reaccionar. Ya había cumplido, el chiquillo se estaba encajando y  quedaba muy poco para que pidiera salir.
Se estaba haciendo de noche, tenía que volver a la casa. Mientras recorría el camino, vio escondida entre unos matorrales la silueta oscura de un hombre que salió apresuradamente a su encuentro. La tomó por los hombros y la sacudió increpándole:
 -¡Dime dónde está Juan o te abro la barriga aquí mismo! Dolores reconoció la voz del Sebas. Siempre la había pretendido, pero ella le rechazó desde el primer día. Durante la guerra se pasó al bando de los nacionales y se decía que había denunciado a muchos paisanos. Juan le tenía muchas ganas. Dolores le escupió en la cara y comenzó un forcejeo entre gritos y manotazos.
 -¡Él ya no va a volver, porque si lo hace, le voy a pegar
   un tiro!  
Dolores intentaba apartar las manos que recorrían su cuerpo.    
 -¡Está muerto, claro que no va a volver!, ¿o es que no te has enterado?
 -¡Eso es lo que tú te crees! Está vivo y escondido porque es un cobarde.   
 -¡Calla y no me toques más, me das asco! Lárgate por donde has venido.
Antonio la agarró por el cuello.
 -¡Si no me dices dónde se esconde, te llevo al cuartel!
Allí no se van a andar con chiquitas. No sabes cómo se las gastan los guardias con las mujeres de los rojos…
Se oyó un disparo y su autor no estaba lejos. Sebas se tocó la oreja. El proyectil había pasado rozándole.
 -¡Juan, sal. Los voy a matar a los dos. Ven aquí, gallina!
 -¡Claro que salgo, traidor, pero no soy Juan! ¡A Juan me lo matasteis, cabrones! Suéltala, lárgate y no vuelvas más por aquí.
Se escuchó otro disparo, esta vez pasó muy cerca de su pie y Sebas se largó sin dejar de maldecir en voz alta y de jurar que iba a buscar a Juan para acabar con él.
Mateo salió de su escondite, le ofreció el brazo a Dolores para que se apoyara y, en silencio, regresaron despacio.
De madrugada Dolores se puso de parto.

Le pusieron Juanito porque nadie podía negar de quién era hijo. Adelina la atendió en el parto gracias a su larga experiencia con las mujeres de la aldea y el niño llegó al mundo con un sonoro y fuerte llanto. A Mateo se le saltaron las lágrimas. Lo cogió en brazos y le plantó un beso en la frente. Después subió  al desván y bajó la cuna de madera en la que él mismo había mecido a sus dos hijos tantas y tantas noches. La desempolvó y la dejó como nueva. 
Mientras Dolores le daba el pecho a Juanito, su suegra tendía las sábanas al sol. Esta vez, colgada en las cuerdas, vio una prenda de color azul, pero tampoco quiso preguntar de quién era porque  Adelina estaba muy ocupada preparando unos buenos gazpachos para celebrar el acontecimiento.
Aún echando los tres de menos al padre de la criatura, pasaron un día feliz. Hacía mucho tiempo que no se sentían así.
Esa noche, Dolores ya no iba a estar sola en su habitación. Acunó a su hijo y recordó las nanas que cantaba su abuela. También se entristeció al pensar que el crío crecería sin su padre y que ella ya no tendría más hijos porque no se imaginaba con otro hombre que no fuera Juan. Canturreando y mirando cómo dormía su niño, se le fueron cerrando los ojos.
Un gimoteo le hizo despertarse sobresaltada. Pensó que, durante un largo tiempo, ya no iba a dormir de un tirón como lo hacía antes. Se desabrochó el camisón para dar de mamar al recién nacido y olió su aroma, un aroma nuevo  que quedó grabado en su mente y en su corazón. Tan fuerte aspiró, que arrastró también el resto de efluvios que flotaban en la habitación y, de pronto, entre todos distinguió el mismo olor salvaje que le resultaba tan familiar. Extrañada recorrió el cuarto con la mirada sin apreciar nada raro. Fuera se escuchaban voces:
 -¡Juan! ¡Sal del escondite! Sé que estás por aquí. Has bajado del monte para conocer al niño. A mí no me puedes engañar.
Juanito seguía mamando ajeno a todo lo que pasaba y Dolores, nerviosa, no sabía qué hacer.
 -¡Sebas! Déjanos en paz. ¿No habéis tenido bastante tú y                    
   y los tuyos con matar a mi hijo?
Esa era la voz de su suegro que había salido para intentar   que el Sebas dejara de incordiarles. Dolores dejó a la criatura en la cuna y descendió rauda por las escaleras. En la entrada de la casa, a oscuras, se encontró a su suegra agazapada bajo de la ventana. Blandía una escopeta con la que cubría a su marido que se encontraba desarmado. Al ver a Dolores, le hizo señales con la mano para que se agachara y no hiciera ruido. El Sebas continuaba su cansina monserga mirando hacia los montes como si, realmente, de estos fuera a surgir la respuesta a sus increpaciones.
 -¡Esta vez vas a venir aquí porque, si no lo haces, voy a ir a por tu hijo! A la Dolores no le voy a hacer daño porque la quiero para mí.
Dolores vio cómo su suegra apoyaba la escopeta en el marco de la ventana y apuntaba al Sebas como si ese fuera un acto normal de su vida diaria. Se llevó la mano a los labios para ahogar un grito y escuchó un disparo. Después, el silencio.
Por la ventana vio el cuerpo del Sebas tendido en el suelo sobre un charco de sangre.
Mateo acudió y le tomó el pulso. Levantó la mirada y vio a su mujer, inmóvil, con la escopeta en la mano.
 -Está muerto.
Dolores, confusa, se aproximó. Vio el boquete ocasionado por el disparo justo en el centro de la frente del Sebas. Los tres se abrazaron llorando. Mateo le dijo a Dolores que volviera con su hijo, que ellos se iban a ocupar del cuerpo para que, quienes lo encontraran, pensaran que había caído luchando contra alguna partida de guerrilleros. Seguro que,  a pesar de ser un renegado, acabaría enterrado con honores.
Dolores anduvo hacia la casa. Sujetaba el arma  que su suegra acababa de dejar en el suelo. El tacto era frío. Entró cabizbaja y recordó que el Sebas se encontraba de espaldas a la casa cuando se escuchó el disparo.


Dolores se despertó más tarde de lo habitual. Estaba hambrienta. Su suegra le había preparado un abundante desayuno con pan tostado en las brasas, aceite de oliva y queso de oveja. Cuando terminó, cogió la escopeta que ella misma había dejado apoyada en un rincón y se la dio a su suegro:
 -Tómela y guárdela con cuidado. Está cargada.
Mateo le respondió cuestionándola con la mirada
 -Mi padre. Aquí todos los hombres son cazadores.
Su suegro permaneció en silencio mientras retiraba los cartuchos del arma y la guardaba en la desgastada funda.
-Hija, ¿qué te parece si a la tarde vamos los tres al cementerio?
Dolores le dirigió una mirada cómplice y asintió con un movimiento de cabeza a la vez que subía la escalera para atender la llamada de Juanito que, con sollozos, reclamaba su alimento.  


Y fueron al cementerio. Esa y muchas tardes más. Y Dolores ya podía ayudar a su suegra en las labores de la casa. También sabía por qué unos días debían colgar una prenda de color granate, otros verde y otros azul.
Conforme iba creciendo Juanito, más se parecía a su padre de fuerte y de guapo. Acompañaba a su madre y a sus abuelos cuando subían montaña arriba y veía cambiar los colores de las flores y las plantas. Sabía distinguirlas solo por su aroma, fuerte y salvaje.     





  


  

    

      

viernes, 28 de septiembre de 2012

FRENTE AL ESCENARIO



De niño, no siempre querías jugar con tus amigos. Te quedabas a mi lado callado, observando los juegos, escuchando las risas y las voces que flotaban en el parque. Parecías tan tímido, apenas gesticulabas y me dejabas a mí la difícil tarea de adivinar si estabas triste o contento, enfermo o sano.
Poco después, apareció en tu vida Carlitos. Sin verlo, también llegó a formar parte del núcleo familiar. Te escuchaba hablar con él, jugar y reírte como no lo hacías con los demás. Tu padre siempre decía que era normal que los niños tuvieran un amigo imaginario, pero Carlitos era tan real…
En el colegio acudía todos los años a las visitas protocolarias con los tutores. Siempre me decían que podías rendir más pero que tu timidez y tu carácter reservado ejercían en tu contra. Por suerte estaba Encarna, tu profesora de música. Ella se deshacía en alabanzas: “Es tan aplicado y, a la vez tan imaginativo…Es el mejor alumno de mi clase”. Ella era tu bálsamo entre aquella vorágine de niños entre los cuales no te sentías aceptado; tú tampoco les entendías.
Franqueaste tu adolescencia  encerrado en tu habitación, escuchando música y hablando con Carlitos… quien pasó a llamarse Carlos. Únicamente salías para comprar alguna partitura de música. Dejaste de asistir al colegio y tu piel empezó a mostrar un aspecto blanco y transparente.  No me permitías acariciarte, tampoco besarte y la relación con tu padre se hizo cada vez más distante; primero se alejó de ti, después de mí.  Se alejó tanto, que terminó por dejarnos para marcharse a vivir con su nueva secretaria. Yo ya me había acostumbrado a sus ausencias. Para ti fue como un hachazo.
Dejaste de hablarme, tu conversación pasó a ser un diálogo privado entre Carlos y tu saxo. La mayoría de las veces sólo escuchaba la triste melodía de tu instrumento y… nada más. Los días parecían eternos y mi preocupación crecía de forma imparable. Ya no eras un niño, los años pasaban y tú parecías encerrado en un mundo inaccesible.
Un día abrí la puerta de tu cuarto. Estabas acostado en la cama, habías dormido vestido y tenías los ojos abiertos y la mirada fija en el techo. Te hablé sin conseguir que tus pupilas cambiaran de dirección. Te zarandeé para conseguir una palabra tuya, pero todo mi esfuerzo fue en vano. Estabas rígido, tu delgado cuerpo era como una estatua yacente. Me asusté pero no perdí la calma, me tendí a tu lado y te abracé, acaricié tu rostro y te dije que eras todo en mi vida y que jamás te faltaría mi apoyo.
Al final conseguí relajarte. Nos quedamos dormidos durante largo tiempo. Cuando despertamos, todavía abrazados, pude ver tu mirada anhelante buscando mis ojos. Te besé y te dije que te iba a ayudar, que iba a hacer todo lo necesario para que fueras feliz y que nada ni nadie me lo iba a impedir.
Nuestro médico de cabecera nos dijo que debía verte un psiquiatra; únicamente un especialista, con el tratamiento debido,  podría ayudarte a salir del pozo sin fondo en el que habías caído.
La cita no se hizo esperar, a los  dos días,  nos estaba recibiendo el doctor Sánchez en su consulta. Yo debía esperar fuera. La entrevista se prolongó durante dos horas. Mis pensamientos, a lo largo de ese tiempo, retrocedieron hasta el día en que naciste. Me preguntaba en qué te había fallado. Me derrumbé y las lágrimas empezaron a derramarse por mi rostro. Oía vuestras voces, las tuyas respondían con monosílabos cuyo sentido no podía captar. Las del médico eran suaves y tranquilizadoras; comencé a serenarme.
La puerta se abrió y el médico me invitó a sentarme a tu lado. Su semblante era serio pero transmitía seguridad. Escuchar de sus labios el diagnóstico fue como recibir un azote: esquizofrenia. Mis párpados se cerraron de golpe al escuchar el mensaje, mi mente se nubló. Tú ni te inmutaste. El doctor me ofreció un vaso de agua fresca mientras me hablaba de tu enfermedad: “Debe tranquilizarse,  existen hoy en día tratamientos que le ayudarán a que pueda llevar una vida prácticamente normal. Es absolutamente fundamental el apoyo familiar, el tratamiento psicológico y fomentar su amor por la música y, en concreto, impulsar sus estudios con el saxo. Me atrevería a decir que el desarrollo de tal actividad ayudaría en gran manera a su recuperación”. Tras guardar en mi bolso la receta, salimos de la consulta. Te miré a los ojos con cariño, tú me evitaste.
El tratamiento fue duro al principio, tú te mostrabas bastante  reacio a seguirlo, pero mi amor y mi empeño, acompañados por la ayuda psicológica que yo también recibí,  comenzaron, poco a poco, a dar sus frutos.
A pesar de permanecer todo el tiempo pegada a tu lado, un día decidí presentarme en tu colegio aprovechando tu estancia en el centro de día. Pregunté por tu profesora de música. A pesar del tiempo transcurrido, se acordaba perfectamente de ti cuando me recibió. Me sinceré con ella y no tardó nada en darme su respuesta: haría cuanto fuera posible para ayudarte. Nos emocionamos y nos dimos un abrazo. Se convirtió en tu mejor amiga y en uno de los pilares más firmes para conseguir tu recuperación. Encarna consiguió que formaras parte de un cuarteto de  jazz que  necesitaba un  saxo. Al principio te costó, la puntualidad nunca fue una de tus mejores costumbres, pero el tiempo y tu forma de interpretar, hicieron que fueras aceptado. Después de largas temporadas ensayando en el garaje de uno de los componentes, terminasteis actuando los sábados por la noche en un pequeño local del Barrio del Carmen. Un día llegaste a casa con sesenta euros, me los pusiste en la mano y me abrazaste. No necesitabas decirme nada, era el primer abrazo después de muchos años de lucha y de agridulces momentos compartidos.
Han pasado cinco años desde que abandonamos la consulta del doctor Sánchez. Me encuentro en el teatro Principal sentada entre Encarna y una joven de cabello negro y brillante que se llama Gema. Os conocisteis en el grupo de terapia al que acudíais los dos. Está expectante, le brillan los ojos mientras espera tu aparición en el escenario. Para ti, es la primera vez que tocas ante un público tan numeroso. Ella ha cantado varias veces en el mismo teatro con el orfeón del que forma parte. La espera me resulta interminable, me abanico con el programa que nos han dado en la entrada cuando se abren las cortinas y te veo. Eres el más alto de los cuatro, pareces nervioso y nos buscas entre el público. Te dije que nos localizarías en la fila cuatro, al lado del pasillo central . Te veo titubear y levanto mi mano con el abanico recién improvisado. Nos has visto, con una mano sujetas el saxo y, mientras, levantas la otra levemente para que nosotras seamos las únicas en darnos cuenta del tímido gesto. Empiezan a sonar los primeros acordes de “Stormy Wether”, Encarna aprieta mi mano y yo cierro los ojos deseando que se detenga el tiempo en este mismo instante.

   


                                                               

Nota del autor: Los niños pueden tener amigos imaginarios sin que esto suponga motivo de ningún desarreglo mental posterior.

                                                          

martes, 19 de junio de 2012

ENTRE EL SUEÑO Y LA REALIDAD




             


       Regresé a casa muy cansada del trabajo, me preparé una cena rápida y me senté en el sofá, de cara al televisor. No me importaba en absoluto si era o no  de mi agrado la programación de ese momento. Tan sólo quería quedarme quieta, sin mover ni un dedo. Creo que se trataba de una película en blanco y negro de los años cuarenta.

 Había un hombre dormido en una embarcación que despertaba de repente como si hubiera sufrido una horrible pesadilla. Una mujer le miraba desde el muelle. El parecía reconocerla y ambos comenzaron casi de inmediato una acalorada disputa verbal que terminó con la rápida huída de la mujer. “¡Elsa, regresa de inmediato, no volverá a suceder!” Vociferaba el hombre. Ella, sin prestarle atención continuó con la escapada. En la pequeña barca había esparcidas tres o cuatro botellas de güisqui. El hombre, desesperado, estirando sus negros y ensortijados cabellos lloraba compulsivamente. Sabía que su relación con Elsa corría un serio peligro si continuaba bebiendo. Ella ya le había amenazado varias veces con dejarle y él, aunque lo intentaba, no podía alejarse de la botella.

Convencido de que debía volver a su casa para asearse y pedirle perdón de nuevo, subió ágilmente al muelle y encauzó sus pasos hacia lo que él pretendía, ésta vez en serio, que fuera su nueva vida con Elsa.

Al llegar, la encontró dormida en el sofá. En su rostro contraído se reflejaba el disgusto que le había causado su disputa. No la quiso molestar y se apresuró a ducharse y cambiarse de ropa. Quería que su aspecto fuera impecable y que sus palabras le resultaran, en esta ocasión, creíbles y ciertas. Estaba determinado a no perderla.

Ella se despertó al oír ruido y abrió los ojos con lentitud. Su marido salía del cuarto de baño. Se miraron a los ojos y él se acercó a ella. La besó con suavidad en los labios: “Lo has vuelto a hacer…Ese aliento nauseabundo…”. “¡No, cariño, no! Esta vez va en serio, no va a volver a suceder, te lo juro. Confía en mí!”. “¿Qué confíe en ti?. Llevo tres años confiando en ti. Nuestra vida es un desastre. Mejor dicho: no tenemos vida. Ni hijos ni amigos ni familia. Estamos solos porque nadie quiere contemplar tu decrépita adicción. Tampoco les gusta nuestra relación enfermiza y decadente. Ya no somos unos niños y tú estás tirando por tierra todo lo que habías conseguido: el trabajo, nuestro amor y nuestro proyecto familiar. No aguanto más. Estoy cansada de ti y de trabajar para ti y tu maldita botella de alcohol. Esta vez ya no te voy a conceder una segunda oportunidad”.

Abrió la puerta de la calle y la cerró de un portazo. El supo que esta vez era de verdad. Cuando entró en el dormitorio se dio cuenta de que ella había vaciado el armario. No quedaba nada. Entre fuertes sollozos se sentó en el sofá, abatido. La televisión aún estaba encendida. En la pantalla había un hombre con una pistola en la mano. En la otra sostenía una nota en la que se podía leer “Elsa, te quiero”. Apuntó el cañón de la pistola en su sien, cerró los ojos y se oyó el sonido de un disparo a la vez que la pantalla se teñía de negro y aparecía escrito en inglés: “The End”.


LA SILLA






              Desde que la vi en el escaparate, la deseé con locura. Era la pieza que faltaba en mi dormitorio para completar la decoración. Además, era de gran utilidad: podía dejar la ropa preparada para el día siguiente, ponerme cómodamente los zapatos o sentarme sin más. Era de color marfil, a juego con las cortinas. El respaldo  redondeado y contaba, además, con dos gráciles brazos.

Recurrí a una amiga para traerla a casa. No resultaba pesada, pero sí era incómoda a la hora del transporte. Al final, la acomodamos en la parte trasera del coche e iniciamos el camino hacia su nuevo hogar.

El resto de mobiliario la recibió con agrado. No molestaba en absoluto. Quieta y callada en su rincón esperaba tranquila para cumplir su cometido.

Un día decidí estrenarla dejando en el asiento la ropa que acababa de usar: una camisa y un pantalón. Ella no rechistó, al contrario, parecía satisfecha de sentirse útil.

Al día siguiente, abandoné en uno de los brazos el pañuelo de seda que no me combinaba con mi atuendo. Resultó perfecto. Pensé entonces en retirar la camisa y el pantalón, pero lo olvidé. Como esa noche tenía que salir a cenar, abrí el armario en busca de algo especial para el evento y comencé a probarme  una blusa. Me gustó y la coloqué en el respaldo. Después me enfundé una falda negra de tubo. Dudé, parecía demasiado seria y la dejé apoyada en el otro brazo. La silla resistía inmutable. Para ponerme las medias, me senté apartando el pantalón del asiento. Apenas había espacio pero lo conseguí. Saqué entonces la falda de encaje. Esta sí. Tomé la blusa del respaldo y me la abroché, botón por botón, pero…faltaba uno. La dejé de nuevo en el respaldo. Busqué entre las perchas algo para combinar con la falda que llevaba y encontré un top adecuado. Faltaba entonces una chaqueta para no morir de frío pero el top era demasiado claro para el color de la chaqueta, me lo quité y lo dejé sobre el pañuelo de seda. El color marfil de la silla comenzaba a desaparecer bajo la ropa poco a poco. El tiempo se me echaba encima y yo continuaba sin decidirme. Vi un vestido que hacía tiempo que no usaba. Bajé la cremallera de la falda y la dejé reposar en el otro brazo, justo encima de la falda negra. El brazo desapareció por completo bajo las dos faldas. Me miré en el espejo. El vestido no me quedaba mal, tal vez un poco estrecho, pero los minutos pasaban raudos y tenía que decidir. Busqué las medias en uno de los cajones. Negras, claro. Casi no me podía sentar en lo que iba quedando de mi silla y como pude, primero un pie, luego el otro, estiré para subirlas y…estaban rotas. Con velocidad me las quité y las até a una de las patas de la silla. Cogí otras recién sacadas del envoltorio. Estas sí. Ahora faltaban los zapatos negros de tacón de aguja. Los desperté del letargo dentro de su caja, me senté como pude y los calcé. “Demasiado altos”, protestó mi juanete. Volvieron a su lugar de origen que se encontraba bajo el asiento donde yo descansaba. Me levanté y alcancé otra caja de zapatos. Estos resultaron perfectos.

 Cuando me levanté para terminar con mi vestimenta contemplé lo que quedaba de mi deseada silla: un desordenado montón de ropa y de zapatos que ocultaban su primitiva presencia. Había desaparecido sepultada bajo mi perturbada vida. La silla ya no existía y su lugar ahora estaba ocupado por una montaña de sentimientos en desorden que se solapaban los unos a los otros sin determinación.

Cumplí con mi cita esa noche pero, al día siguiente, me dirigí presta a recuperar mi vida y mi silla. Las dos debían recuperar el aspecto que tenían antes de que Alfonso se marchara de casa.


EL TE DE LAS CINCO


 
Eva se despertó sobresaltada por el sonido del teléfono. Al otro lado del auricular estaba Clara, su mejor amiga. Le pedía que comieran juntas ese día en el pequeño restaurante que ya frecuentaban desde hacía tiempo. Allí compartían buena mesa, una botella de vino y confidencias que se prolongaban hasta la hora del té. Eva, aunque sorprendida por la prisa de su amiga, le confirmó su asistencia.

Eva salió de la oficina con la vista cansada y el cuello dolorido a causa del ordenador. Clara, sentada en la mesa, la esperaba con la copa de vino en la mano. Se besaron en la mejilla, hacía un mes que no se veían y su amiga parecía nerviosa. Iniciaron  la conversación de un modo trivial, como siempre; habitualmente pedían el mismo menú y el camarero les comenzó a servir el primer plato. Eva escuchaba la conversación de su amiga que, de vez en cuando, tartamudeaba. Parecía perturbada por algo que no se atrevía a verbalizar. El segundo plato, quedó en la mesa sin acabar. El vino, en cambió, fue lo primero en terminarse. Clara pareció, entonces, sentirse más relajada. La conversación pasó a tomar carices más íntimos. Eva escuchó cómo su amiga le contaba que estaba empezando a salir con un hombre; no era nada serio, tan solo se estaban conociendo. Se alegró por ello, hacía tiempo que Clara necesitaba ese aliciente en su vida. Ella, por el contario, le habló de la relación con Pablo, su marido. Estaban pasando por un mal momento, aunque confiaba en que todo acabara bien. El trabajaba demasiado y siempre estaba de viaje, ése era el problema.

Continuaron charlando de esto y aquello hasta que se hicieron las cinco. Pidieron una tetera para continuar con la conversación. Clara se levantó para ir al baño. Eva se quedó sola pensando en la última confidencia de su amiga. A la vuelta le preguntaría el nombre de su conocido. Un móvil sonó de repente. Era el de Clara, estaba sobre la mesa y no pudo evitar mirar la pantalla: “Pablo llamando” y la foto de su marido que le sonreía cariñosamente.

Cuando Clara regresó a la mesa, apenas pudo ver a su amiga saliendo apresurada sobre sus zapatos de tacón. Sobre el parqué, quedó la taza  de té, desperdigada junta al plato y la cucharilla.

lunes, 16 de abril de 2012

MI BOSQUE


                     

                Me gusta pasear por el bosque. Andando despacio aprecio mejor la confortable alfombra de coloridas hojas secas. Me gusta acariciar la rugosa corteza de los árboles, sentir los años que llevan creciendo, unos junto a otros, como enormes y longevas familias bien avenidas. Sus enormes ramas ensambladas forman un techo capaz, a veces, de tapar la cálida luz del sol. Mis sentidos se agudizan. Aspiro el aire del bosque y mis  pulmones se llenan de oxígeno. Un sinfín de aromas se mezclan en mi sentido olfativo: la humedad de la tierra mojada, de las setas y de los frutos rojos.  Escucho cómo susurra el aire paseándose entre las hojas. Oigo a los pajarillos cantándose historias de amor y veo cómo revolotean persiguiéndose  entre las ramas. Siento el crujir de mis pasos al caminar y calmo mi sed bebiendo agua del riachuelo que baja de la montaña nevada. Puedo saborear el bosque masticando sus frutos, castañas, avellanas y arándanos que voy encontrando por el sendero.

 Cuando termino mi paseo y entro en mi casa, mis hijos se acercan a mí olisqueándome, lamiéndome, aún son muy pequeños, les doy de comer. Me siento muy orgullosa de ser una osa de las pocas que quedamos por este hermoso lugar.

domingo, 26 de febrero de 2012

EL BUENO, EL FEO Y EL MALO ("El truelo")

Erais tres dentro del círculo, rodeados de muerte, preparados para la muerte. El aire, seco, las aves graznando y presagiando lo inevitable.
Para nosotros, la música de Ennio Morricone, para vosotros el sabor amargo del desenlace. En las miradas, el nerviosismo del más débil, la dureza del más vil y la seguridad de aquél que domina la situación. Los cuerpos en tensión, las armas esperando la mano del más rápido y del más inteligente. Los dedos, cerca de la culata, nos hacen sentirnos tirantes ante el inminente final. Suena el primer disparo y cae, quizás, el más duro de los tres, el más peligroso, el que iba a permitir que, el más inteligente, el dueño del escenario salga victorioso sobre el codicioso, el deleznable. Aún se permite jugar con su vida. Podría matarlo, pero decide perdonarle la vida, abandonarle en aquel circo polvoriento...a su suerte.