viernes, 28 de septiembre de 2012

FRENTE AL ESCENARIO



De niño, no siempre querías jugar con tus amigos. Te quedabas a mi lado callado, observando los juegos, escuchando las risas y las voces que flotaban en el parque. Parecías tan tímido, apenas gesticulabas y me dejabas a mí la difícil tarea de adivinar si estabas triste o contento, enfermo o sano.
Poco después, apareció en tu vida Carlitos. Sin verlo, también llegó a formar parte del núcleo familiar. Te escuchaba hablar con él, jugar y reírte como no lo hacías con los demás. Tu padre siempre decía que era normal que los niños tuvieran un amigo imaginario, pero Carlitos era tan real…
En el colegio acudía todos los años a las visitas protocolarias con los tutores. Siempre me decían que podías rendir más pero que tu timidez y tu carácter reservado ejercían en tu contra. Por suerte estaba Encarna, tu profesora de música. Ella se deshacía en alabanzas: “Es tan aplicado y, a la vez tan imaginativo…Es el mejor alumno de mi clase”. Ella era tu bálsamo entre aquella vorágine de niños entre los cuales no te sentías aceptado; tú tampoco les entendías.
Franqueaste tu adolescencia  encerrado en tu habitación, escuchando música y hablando con Carlitos… quien pasó a llamarse Carlos. Únicamente salías para comprar alguna partitura de música. Dejaste de asistir al colegio y tu piel empezó a mostrar un aspecto blanco y transparente.  No me permitías acariciarte, tampoco besarte y la relación con tu padre se hizo cada vez más distante; primero se alejó de ti, después de mí.  Se alejó tanto, que terminó por dejarnos para marcharse a vivir con su nueva secretaria. Yo ya me había acostumbrado a sus ausencias. Para ti fue como un hachazo.
Dejaste de hablarme, tu conversación pasó a ser un diálogo privado entre Carlos y tu saxo. La mayoría de las veces sólo escuchaba la triste melodía de tu instrumento y… nada más. Los días parecían eternos y mi preocupación crecía de forma imparable. Ya no eras un niño, los años pasaban y tú parecías encerrado en un mundo inaccesible.
Un día abrí la puerta de tu cuarto. Estabas acostado en la cama, habías dormido vestido y tenías los ojos abiertos y la mirada fija en el techo. Te hablé sin conseguir que tus pupilas cambiaran de dirección. Te zarandeé para conseguir una palabra tuya, pero todo mi esfuerzo fue en vano. Estabas rígido, tu delgado cuerpo era como una estatua yacente. Me asusté pero no perdí la calma, me tendí a tu lado y te abracé, acaricié tu rostro y te dije que eras todo en mi vida y que jamás te faltaría mi apoyo.
Al final conseguí relajarte. Nos quedamos dormidos durante largo tiempo. Cuando despertamos, todavía abrazados, pude ver tu mirada anhelante buscando mis ojos. Te besé y te dije que te iba a ayudar, que iba a hacer todo lo necesario para que fueras feliz y que nada ni nadie me lo iba a impedir.
Nuestro médico de cabecera nos dijo que debía verte un psiquiatra; únicamente un especialista, con el tratamiento debido,  podría ayudarte a salir del pozo sin fondo en el que habías caído.
La cita no se hizo esperar, a los  dos días,  nos estaba recibiendo el doctor Sánchez en su consulta. Yo debía esperar fuera. La entrevista se prolongó durante dos horas. Mis pensamientos, a lo largo de ese tiempo, retrocedieron hasta el día en que naciste. Me preguntaba en qué te había fallado. Me derrumbé y las lágrimas empezaron a derramarse por mi rostro. Oía vuestras voces, las tuyas respondían con monosílabos cuyo sentido no podía captar. Las del médico eran suaves y tranquilizadoras; comencé a serenarme.
La puerta se abrió y el médico me invitó a sentarme a tu lado. Su semblante era serio pero transmitía seguridad. Escuchar de sus labios el diagnóstico fue como recibir un azote: esquizofrenia. Mis párpados se cerraron de golpe al escuchar el mensaje, mi mente se nubló. Tú ni te inmutaste. El doctor me ofreció un vaso de agua fresca mientras me hablaba de tu enfermedad: “Debe tranquilizarse,  existen hoy en día tratamientos que le ayudarán a que pueda llevar una vida prácticamente normal. Es absolutamente fundamental el apoyo familiar, el tratamiento psicológico y fomentar su amor por la música y, en concreto, impulsar sus estudios con el saxo. Me atrevería a decir que el desarrollo de tal actividad ayudaría en gran manera a su recuperación”. Tras guardar en mi bolso la receta, salimos de la consulta. Te miré a los ojos con cariño, tú me evitaste.
El tratamiento fue duro al principio, tú te mostrabas bastante  reacio a seguirlo, pero mi amor y mi empeño, acompañados por la ayuda psicológica que yo también recibí,  comenzaron, poco a poco, a dar sus frutos.
A pesar de permanecer todo el tiempo pegada a tu lado, un día decidí presentarme en tu colegio aprovechando tu estancia en el centro de día. Pregunté por tu profesora de música. A pesar del tiempo transcurrido, se acordaba perfectamente de ti cuando me recibió. Me sinceré con ella y no tardó nada en darme su respuesta: haría cuanto fuera posible para ayudarte. Nos emocionamos y nos dimos un abrazo. Se convirtió en tu mejor amiga y en uno de los pilares más firmes para conseguir tu recuperación. Encarna consiguió que formaras parte de un cuarteto de  jazz que  necesitaba un  saxo. Al principio te costó, la puntualidad nunca fue una de tus mejores costumbres, pero el tiempo y tu forma de interpretar, hicieron que fueras aceptado. Después de largas temporadas ensayando en el garaje de uno de los componentes, terminasteis actuando los sábados por la noche en un pequeño local del Barrio del Carmen. Un día llegaste a casa con sesenta euros, me los pusiste en la mano y me abrazaste. No necesitabas decirme nada, era el primer abrazo después de muchos años de lucha y de agridulces momentos compartidos.
Han pasado cinco años desde que abandonamos la consulta del doctor Sánchez. Me encuentro en el teatro Principal sentada entre Encarna y una joven de cabello negro y brillante que se llama Gema. Os conocisteis en el grupo de terapia al que acudíais los dos. Está expectante, le brillan los ojos mientras espera tu aparición en el escenario. Para ti, es la primera vez que tocas ante un público tan numeroso. Ella ha cantado varias veces en el mismo teatro con el orfeón del que forma parte. La espera me resulta interminable, me abanico con el programa que nos han dado en la entrada cuando se abren las cortinas y te veo. Eres el más alto de los cuatro, pareces nervioso y nos buscas entre el público. Te dije que nos localizarías en la fila cuatro, al lado del pasillo central . Te veo titubear y levanto mi mano con el abanico recién improvisado. Nos has visto, con una mano sujetas el saxo y, mientras, levantas la otra levemente para que nosotras seamos las únicas en darnos cuenta del tímido gesto. Empiezan a sonar los primeros acordes de “Stormy Wether”, Encarna aprieta mi mano y yo cierro los ojos deseando que se detenga el tiempo en este mismo instante.

   


                                                               

Nota del autor: Los niños pueden tener amigos imaginarios sin que esto suponga motivo de ningún desarreglo mental posterior.

                                                          

martes, 19 de junio de 2012

ENTRE EL SUEÑO Y LA REALIDAD




             


       Regresé a casa muy cansada del trabajo, me preparé una cena rápida y me senté en el sofá, de cara al televisor. No me importaba en absoluto si era o no  de mi agrado la programación de ese momento. Tan sólo quería quedarme quieta, sin mover ni un dedo. Creo que se trataba de una película en blanco y negro de los años cuarenta.

 Había un hombre dormido en una embarcación que despertaba de repente como si hubiera sufrido una horrible pesadilla. Una mujer le miraba desde el muelle. El parecía reconocerla y ambos comenzaron casi de inmediato una acalorada disputa verbal que terminó con la rápida huída de la mujer. “¡Elsa, regresa de inmediato, no volverá a suceder!” Vociferaba el hombre. Ella, sin prestarle atención continuó con la escapada. En la pequeña barca había esparcidas tres o cuatro botellas de güisqui. El hombre, desesperado, estirando sus negros y ensortijados cabellos lloraba compulsivamente. Sabía que su relación con Elsa corría un serio peligro si continuaba bebiendo. Ella ya le había amenazado varias veces con dejarle y él, aunque lo intentaba, no podía alejarse de la botella.

Convencido de que debía volver a su casa para asearse y pedirle perdón de nuevo, subió ágilmente al muelle y encauzó sus pasos hacia lo que él pretendía, ésta vez en serio, que fuera su nueva vida con Elsa.

Al llegar, la encontró dormida en el sofá. En su rostro contraído se reflejaba el disgusto que le había causado su disputa. No la quiso molestar y se apresuró a ducharse y cambiarse de ropa. Quería que su aspecto fuera impecable y que sus palabras le resultaran, en esta ocasión, creíbles y ciertas. Estaba determinado a no perderla.

Ella se despertó al oír ruido y abrió los ojos con lentitud. Su marido salía del cuarto de baño. Se miraron a los ojos y él se acercó a ella. La besó con suavidad en los labios: “Lo has vuelto a hacer…Ese aliento nauseabundo…”. “¡No, cariño, no! Esta vez va en serio, no va a volver a suceder, te lo juro. Confía en mí!”. “¿Qué confíe en ti?. Llevo tres años confiando en ti. Nuestra vida es un desastre. Mejor dicho: no tenemos vida. Ni hijos ni amigos ni familia. Estamos solos porque nadie quiere contemplar tu decrépita adicción. Tampoco les gusta nuestra relación enfermiza y decadente. Ya no somos unos niños y tú estás tirando por tierra todo lo que habías conseguido: el trabajo, nuestro amor y nuestro proyecto familiar. No aguanto más. Estoy cansada de ti y de trabajar para ti y tu maldita botella de alcohol. Esta vez ya no te voy a conceder una segunda oportunidad”.

Abrió la puerta de la calle y la cerró de un portazo. El supo que esta vez era de verdad. Cuando entró en el dormitorio se dio cuenta de que ella había vaciado el armario. No quedaba nada. Entre fuertes sollozos se sentó en el sofá, abatido. La televisión aún estaba encendida. En la pantalla había un hombre con una pistola en la mano. En la otra sostenía una nota en la que se podía leer “Elsa, te quiero”. Apuntó el cañón de la pistola en su sien, cerró los ojos y se oyó el sonido de un disparo a la vez que la pantalla se teñía de negro y aparecía escrito en inglés: “The End”.


LA SILLA






              Desde que la vi en el escaparate, la deseé con locura. Era la pieza que faltaba en mi dormitorio para completar la decoración. Además, era de gran utilidad: podía dejar la ropa preparada para el día siguiente, ponerme cómodamente los zapatos o sentarme sin más. Era de color marfil, a juego con las cortinas. El respaldo  redondeado y contaba, además, con dos gráciles brazos.

Recurrí a una amiga para traerla a casa. No resultaba pesada, pero sí era incómoda a la hora del transporte. Al final, la acomodamos en la parte trasera del coche e iniciamos el camino hacia su nuevo hogar.

El resto de mobiliario la recibió con agrado. No molestaba en absoluto. Quieta y callada en su rincón esperaba tranquila para cumplir su cometido.

Un día decidí estrenarla dejando en el asiento la ropa que acababa de usar: una camisa y un pantalón. Ella no rechistó, al contrario, parecía satisfecha de sentirse útil.

Al día siguiente, abandoné en uno de los brazos el pañuelo de seda que no me combinaba con mi atuendo. Resultó perfecto. Pensé entonces en retirar la camisa y el pantalón, pero lo olvidé. Como esa noche tenía que salir a cenar, abrí el armario en busca de algo especial para el evento y comencé a probarme  una blusa. Me gustó y la coloqué en el respaldo. Después me enfundé una falda negra de tubo. Dudé, parecía demasiado seria y la dejé apoyada en el otro brazo. La silla resistía inmutable. Para ponerme las medias, me senté apartando el pantalón del asiento. Apenas había espacio pero lo conseguí. Saqué entonces la falda de encaje. Esta sí. Tomé la blusa del respaldo y me la abroché, botón por botón, pero…faltaba uno. La dejé de nuevo en el respaldo. Busqué entre las perchas algo para combinar con la falda que llevaba y encontré un top adecuado. Faltaba entonces una chaqueta para no morir de frío pero el top era demasiado claro para el color de la chaqueta, me lo quité y lo dejé sobre el pañuelo de seda. El color marfil de la silla comenzaba a desaparecer bajo la ropa poco a poco. El tiempo se me echaba encima y yo continuaba sin decidirme. Vi un vestido que hacía tiempo que no usaba. Bajé la cremallera de la falda y la dejé reposar en el otro brazo, justo encima de la falda negra. El brazo desapareció por completo bajo las dos faldas. Me miré en el espejo. El vestido no me quedaba mal, tal vez un poco estrecho, pero los minutos pasaban raudos y tenía que decidir. Busqué las medias en uno de los cajones. Negras, claro. Casi no me podía sentar en lo que iba quedando de mi silla y como pude, primero un pie, luego el otro, estiré para subirlas y…estaban rotas. Con velocidad me las quité y las até a una de las patas de la silla. Cogí otras recién sacadas del envoltorio. Estas sí. Ahora faltaban los zapatos negros de tacón de aguja. Los desperté del letargo dentro de su caja, me senté como pude y los calcé. “Demasiado altos”, protestó mi juanete. Volvieron a su lugar de origen que se encontraba bajo el asiento donde yo descansaba. Me levanté y alcancé otra caja de zapatos. Estos resultaron perfectos.

 Cuando me levanté para terminar con mi vestimenta contemplé lo que quedaba de mi deseada silla: un desordenado montón de ropa y de zapatos que ocultaban su primitiva presencia. Había desaparecido sepultada bajo mi perturbada vida. La silla ya no existía y su lugar ahora estaba ocupado por una montaña de sentimientos en desorden que se solapaban los unos a los otros sin determinación.

Cumplí con mi cita esa noche pero, al día siguiente, me dirigí presta a recuperar mi vida y mi silla. Las dos debían recuperar el aspecto que tenían antes de que Alfonso se marchara de casa.


EL TE DE LAS CINCO


 
Eva se despertó sobresaltada por el sonido del teléfono. Al otro lado del auricular estaba Clara, su mejor amiga. Le pedía que comieran juntas ese día en el pequeño restaurante que ya frecuentaban desde hacía tiempo. Allí compartían buena mesa, una botella de vino y confidencias que se prolongaban hasta la hora del té. Eva, aunque sorprendida por la prisa de su amiga, le confirmó su asistencia.

Eva salió de la oficina con la vista cansada y el cuello dolorido a causa del ordenador. Clara, sentada en la mesa, la esperaba con la copa de vino en la mano. Se besaron en la mejilla, hacía un mes que no se veían y su amiga parecía nerviosa. Iniciaron  la conversación de un modo trivial, como siempre; habitualmente pedían el mismo menú y el camarero les comenzó a servir el primer plato. Eva escuchaba la conversación de su amiga que, de vez en cuando, tartamudeaba. Parecía perturbada por algo que no se atrevía a verbalizar. El segundo plato, quedó en la mesa sin acabar. El vino, en cambió, fue lo primero en terminarse. Clara pareció, entonces, sentirse más relajada. La conversación pasó a tomar carices más íntimos. Eva escuchó cómo su amiga le contaba que estaba empezando a salir con un hombre; no era nada serio, tan solo se estaban conociendo. Se alegró por ello, hacía tiempo que Clara necesitaba ese aliciente en su vida. Ella, por el contario, le habló de la relación con Pablo, su marido. Estaban pasando por un mal momento, aunque confiaba en que todo acabara bien. El trabajaba demasiado y siempre estaba de viaje, ése era el problema.

Continuaron charlando de esto y aquello hasta que se hicieron las cinco. Pidieron una tetera para continuar con la conversación. Clara se levantó para ir al baño. Eva se quedó sola pensando en la última confidencia de su amiga. A la vuelta le preguntaría el nombre de su conocido. Un móvil sonó de repente. Era el de Clara, estaba sobre la mesa y no pudo evitar mirar la pantalla: “Pablo llamando” y la foto de su marido que le sonreía cariñosamente.

Cuando Clara regresó a la mesa, apenas pudo ver a su amiga saliendo apresurada sobre sus zapatos de tacón. Sobre el parqué, quedó la taza  de té, desperdigada junta al plato y la cucharilla.

lunes, 16 de abril de 2012

MI BOSQUE


                     

                Me gusta pasear por el bosque. Andando despacio aprecio mejor la confortable alfombra de coloridas hojas secas. Me gusta acariciar la rugosa corteza de los árboles, sentir los años que llevan creciendo, unos junto a otros, como enormes y longevas familias bien avenidas. Sus enormes ramas ensambladas forman un techo capaz, a veces, de tapar la cálida luz del sol. Mis sentidos se agudizan. Aspiro el aire del bosque y mis  pulmones se llenan de oxígeno. Un sinfín de aromas se mezclan en mi sentido olfativo: la humedad de la tierra mojada, de las setas y de los frutos rojos.  Escucho cómo susurra el aire paseándose entre las hojas. Oigo a los pajarillos cantándose historias de amor y veo cómo revolotean persiguiéndose  entre las ramas. Siento el crujir de mis pasos al caminar y calmo mi sed bebiendo agua del riachuelo que baja de la montaña nevada. Puedo saborear el bosque masticando sus frutos, castañas, avellanas y arándanos que voy encontrando por el sendero.

 Cuando termino mi paseo y entro en mi casa, mis hijos se acercan a mí olisqueándome, lamiéndome, aún son muy pequeños, les doy de comer. Me siento muy orgullosa de ser una osa de las pocas que quedamos por este hermoso lugar.

domingo, 26 de febrero de 2012

EL BUENO, EL FEO Y EL MALO ("El truelo")

Erais tres dentro del círculo, rodeados de muerte, preparados para la muerte. El aire, seco, las aves graznando y presagiando lo inevitable.
Para nosotros, la música de Ennio Morricone, para vosotros el sabor amargo del desenlace. En las miradas, el nerviosismo del más débil, la dureza del más vil y la seguridad de aquél que domina la situación. Los cuerpos en tensión, las armas esperando la mano del más rápido y del más inteligente. Los dedos, cerca de la culata, nos hacen sentirnos tirantes ante el inminente final. Suena el primer disparo y cae, quizás, el más duro de los tres, el más peligroso, el que iba a permitir que, el más inteligente, el dueño del escenario salga victorioso sobre el codicioso, el deleznable. Aún se permite jugar con su vida. Podría matarlo, pero decide perdonarle la vida, abandonarle en aquel circo polvoriento...a su suerte.

sábado, 25 de febrero de 2012

LA REPRESION



                                              

Para mi hermano. Seguro que, desde dónde esté, leerá este cuento sabiendo lo que está pasando actualmente con los estudiantes en Valencia. Gracias porque la mayoría de cosas que sé, te las debo a ti.

                                                                             


               El tenía dieciocho años, una mente llena de inquietudes, de ganas de luchar y de nuevas expectativas para los más desfavorecidos. Estudiaba ciencias económicas en la universidad de Valencia y, aunque había nacido en una familia acomodada, había ingresado en el partido comunista.
Cuando su padre se enteró, le dijo que se borrara de sus filas, que eso era peligroso, pero él no le hizo caso y continuó ayudando al partido todo lo que le permitían sus estudios.
Un día, su madre, limpiando su habitación, descubrió en uno de sus estantes un montón de octavillas informativas de las actividades clandestinas del partido. La hoz y el martillo junto a la bandera republicana hicieron que se asustara tanto, que las hojas de papel se derramaran por el suelo. Ella ya había saboreado desde los doce años la represión que significaba el gobierno del “generalísimo”. El pánico volvió a fustigarla y, con nerviosismo, colocó todo en su sitio y terminó de limpiar la habitación.
Cuando él llegó a casa, su madre le estaba esperando. Le hizo que se sentara y, en medio de sollozos, le pidió que se deshiciera de todo, que bastante había sufrido por sus hermanos durante la guerra, que fuera consciente de que si en la facultad alguien se enteraba de sus actividades, podría denunciarlo y terminaría en la cárcel.
Se llevó todo lo que tenía en su cuarto para que su madre no sufriera. Lo hizo sólo por ella. El continuó, solapadamente, trabajando para el partido. Su hermana, que entonces contaba con trece años, asistió, en silenció, a todo lo acontecido. Ella le admiraba, era su modelo a seguir y quería ser su cómplice, pero tenía que crecer más.
Pasaron algunos años, el dictador murió. En las aulas de las facultades los ánimos estaban encendidos, se protestaba por casi todo…porque casi nada había cambiado. Los grises, a caballo, patrullaban diariamente por el campus y los estudiantes continuábamos reclamando nuestros derechos y también los de los demás. Las cargas policiales  y las detenciones eran diarias. Ahora, los dos hermanos ya eran cómplices. Ella había leído todos los libros que tenía su hermano en la biblioteca. Veían las mismas películas y a la hora de comer, discutían de política con sus padres sin que ellos se enteraran de que, ahora, era ella la que corría delante de la policía.   

viernes, 17 de febrero de 2012

PARA NORMA JEAN



                   Naciste en una familia problemática. Tu madre te llevó de un sitio a otro y nunca tuviste un hogar. Con tan sólo doce años, sufriste lo que ninguna niña debería sufrir, los abusos repetidos por parte de tu tío y  tus primos. Tu madre no te supo ayudar, y, cargando con sus propios trastornos emocionales te encauzó, aún muy joven, hacia el mundo de la fotografía. Primero fuiste modelo y, rápidamente, pasaste al mundo del cine.
Prefiero llamarte Norma. Imagino que el ridículo nombre que te pusieron fue para atraer a un tipo determinado de público y así lo hiciste, pero tú, Norma Jean, nos diste mucho más que tu belleza, nos diste tu talento.  
Dijiste una vez que no te interesaba el dinero, que sólo buscabas ser maravillosa. Parece una frase pueril, pero lo fuiste. En el sentido cinematográfico nos llegaste a maravillar, pero tu vida privada fue, sin buscarlo, un auténtico infierno.
Cuando rodabas “El príncipe y la corista”, sufriste tu primer aborto espontáneo. Ya eras célebre, sin embargo, eso no impidió que los monstruos que daban vueltas en tu cabeza no te dejaran dormir por la noche y, el alcohol y los barbitúricos, se hicieron tus amigos inseparables. El segundo aborto se produjo rodando “Con faldas y a lo loco”, para entonces, visitabas al psiquiatra, que aún te recetaba más somníferos. Comenzaste a olvidar los diálogos y los que no te conocían lo achacaban a tu estupidez. Pero los directores te adoraban y los productores se frotaban las manos.
Hubo quien dijo que, en las escenas dramáticas, excavabas dentro de ti para sacar tus demonios, que no tenías técnica de actuación, que eras tú misma.
Enamorabas a hombres y a mujeres, porque ellas veían en ti a la niña que llevabas dentro. ¿Y tú? Qué se hizo de tus amores o, mejor, qué hicieron ellos de ti.
Nos despertamos un día, siendo niños, con la noticia de que te habían encontrado muerta en tu cama, desnuda. Que habías tomado una sobredosis de barbitúricos o que te los habían hecho tomar, según versiones posteriores. La causa sigue siendo un misterio. Pasaste a engrosar la lista de los más hermosos y jóvenes cadáveres; James Dean, tu amigo Montgomery Clift, seguramente olvido a alguien. Todos teníais algo en común, ese interior atormentado que todavía vemos en vuestras actuaciones.
Te dejo por hoy, Norma, no estoy cansada, no tengo sueño, pero tengo, como tú, el mismo amigo que me acompaña por la noche, pequeño, redondo y blanco que trago con un sorbo de whisky.

martes, 7 de febrero de 2012

CINE DE VERANO

Eramos muy jóvenes y en verano teníamos mucho tiempo libre. Como a todos los jóvenes, en aquellos años, nos gustaba salir  de excursión, organizar guateques con merienda o cena incluidas y, sobre todo acercarnos por la noche al cine de verano del pueblo. Nuestras madres nos preparaban un suculento bocadillo que solíamos intercambiar y la bebida nos la comprábamos en el bar adosado al cine y de postre, un helado. Era fantástico porque podíamos salir y entrar del bar al cine sin perder el hilo de la película, aunque, frecuentemente, perdíamos el sitio y nuestra mejor amiga ya se había sentado al lado del chico con el que hablábamos intentando hacer lo posible para gustarle y poder llegar a la vuelta de nuestras vacaciones diciendo "tengo novio".
Seguramente Olivia Newton Jhon o Paul Newman fueron testigos de nuestras primeras declaraciones de amor  al oído y de los primeros besos robados ante la gran pantalla, bajo las estrellas.

lunes, 6 de febrero de 2012

MI QUERIDA LAUREN

Mi afición al cine comenzó desde muy niña. Las primeras películas que vi en casa, con mis padres, eran en blanco y negro, pero no importaba. Se contaban historias sentimentalmente muy intensas y dramáticas. Amores prohibidos, imposibles, aventuras en tierras lejanas, detectives poniendo su vida en peligro por el favor de una bella y misteriosa dama...Esas era mis preferidas y allí os encontré.
Para mí erais la pareja perfecta, Lauren y Humphrey . Ella lo tuvo fácil porque ya era modelo, él ya estaba situado en el podio de los actores, duros para la acción y tiernos para el amor. Así fueron también sus propias vidas, unidos hasta que él marchó prematuramente y te dejó con dos hijos, sumida en el dolor más profundo.
Le hiciste un largo duelo, pero tenías que resurgir. Durante algunos años más, continuaste siendo la misma elegante y seductora mujer a quién algunos llamaban "La mirada" y mi admiración por ti aún continúa. Sigo viendo tus películas para recordar tu porte, tu profunda voz, tu penetrante y misteriosa mirada que hacía que los hombres pelearan por tenerte.
Repasando el actual elenco de actrices intento buscarte en alguna de ellas...pero no te encuentro.

CRUCERO NOCTURNO



                            



          La bonanza del tiempo les permitió salir a navegar durante la noche convencidos de que, así, el cumpleaños de María resultaba excéntrico y muy chic. A bordo, algo ligero para comer y abundante acopio de alcohol para pasarlo en grande. Como fondo musical: David Bowie.
Pasadas las horas, todo resultaba normal, reían, hablaban a gritos, bailaban…el licor había producido el efecto necesario para que María cayera al agua, continuaron la fiesta sin prestarle atención. María, chapoteando, pedía ayuda. Su marido, riendo le miró. La fiesta continuó.


sábado, 4 de febrero de 2012

Para William , Audrey y Gregory

Yo también estuve una vez en Roma, querida Audrey.
Cuando pisé sus calles, me llamó la atención que, en todos los quioscos, había expuestas montones de fotografías tuyas y de Gregory recorriendo la ciudad alegremente montados en aquella legendaria Vespa. Parecíais tan contentos...como si, realmente, fuerais dos recién enamorados. Yo creo que vuestras instantáneas estaban allí, para que los turistas, además de comprarlas, imaginaran también que algo parecido pudiera sucederles en Roma: conocer a un atractivo periodista americano llamado Joe o a una joven y delicada princesa como tú llamada Ana.
Me quedé con las ganas. 
Guardo muchas fotografías de mi viaje, pero cuando quiero acordarme de aquella ciudad, prefiero volver a ver "Vacaciones en Roma".

Como tantas veces  se ha dicho en muchas de las entregas de los incombustibles "Oscars": "Gracias, William Wyler".

viernes, 3 de febrero de 2012

EDELMIRA

 Hacía mucho frío, como siempre. 
Edelmira apartaba la nieve acumulada en la puerta de su casa. La pala pesaba, sus huesos se resentían -¡Caray con la bisagra!-, pensaba. Pero estaba sola, no había nadie que le pudiera ayudar, por eso hablaba consigo misma. Ya no tenía animales en el granero, ni tan siquiera grano.
Cuando salía alguna vez de su casa, visitaba a los demás vecinos, al tío Napias y su mujer la Prudencia, al Ramiro que acababa de enviudar y no hablaba y... a nadie más, porque eran los únicos habitantes que quedaban en aquella aldea.
La Prudencia siempre le daba algún huevo de sus gallinas y un poco de harina para el pan. El Ramiro le daba bacalao en sal, era el único que, aunque no hablaba, en su furgoneta traía todo lo que necesitaban del pueblo más cercano. Ella hacía un pan que olía...como debe oler el cielo y lo repartía entre todos, como siempre. Cosía y bordaba muy bien, porque así se lo enseñaron de pequeña y les arreglaba la ropa a todos los demás.
No existía el dinero entre ellos. No hablaban de la Duquesa de Alba porque no tenían televisión. No votaban porque no sabían qué era eso. No se preocupaban por la dieta Mediterránea porque sólo podían alimentarse de lo que hubiera en el momento. Tampoco tenían reloj, ni prisa ni otra preocupación más que dormir bien, que mañana será otro día...

Mañana...mañana me voy con Edelmira.